El término “competencias” hace referencia a un conjunto de capacidades de actuación aprendidas y el término “sociales” las  sitúa en un contexto interpersonal.

Con las personas con Discapacidad Intelectual, tanto en el caso de las habilidades sociales como en las de autonomía personal, hemos de partir de la idea de que lo han de adquirir todo (aunque estrictamente no sea cierto). 

No hay que dar por aprendidas las habilidades hasta que la persona demuestre que es capaz de hacerlo y que lo hace habitualmente en distintos entornos sociales.

Por otro lado, ha de quedar claro que son aprendidas, no innatas. Por ello, es preciso que la persona con discapacidad aprenda la multitud de pequeños pasos que componen las capacidades específicas.

También hay que tener en cuenta que necesitarán más tiempo y un entrenamiento más sistemático para alcanzar un nivel cercano al de las personas de su edad.

El aprendizaje de las habilidades sociales depende de la maduración y de las experiencias de aprendizaje. Las personas que tienen una Discapacidad Intelectual pueden adquirir las habilidades sociales del mismo modo que las que no la tienen, aunque debemos tener en cuenta sus características individuales a la hora de planificar el proceso de enseñanza-aprendizaje, pues en definitiva lo que vamos a hacer es una modificación de la conducta de una persona para mejorarla en algún aspecto.

Los profesionales que trabajan con alumnos con Discapacidad Intelectual deben intervenir en la enseñanza de estas conductas y destrezas que les permitan saber actuar y comportarse en cualquier situación y en interacción con otras personas. Debemos enseñarles estos comportamientos con unas técnicas adecuadas para su adquisición, teniendo en cuenta las características y necesidades de cada persona.